En pleno corazón de Caballito, la Feria Migrante volvió a convertirse en un punto de encuentro donde los aromas, los colores y las historias cruzan fronteras sin pedir pasaporte.
Durante el fin de semana, Parque Centenario se transforma en un mapa vivo de América Latina y el Caribe, con especial protagonismo de la cultura venezolana, que despliega su identidad en cada stand y reafirma el valor de la interculturalidad en la Ciudad de Buenos Aires.
“La feria no es solo un espacio de venta, es un lugar de encuentro y de reconocimiento”, señalan desde la organización, que impulsa esta propuesta con entrada libre y gratuita.
La consigna es clara: visibilizar el trabajo de emprendedores migrantes y fortalecer la diversidad como un activo social y económico. Sábado y domingo, de 15 a 22, sobre Av. Finocchietto y Av. Díaz Vélez, vecinos y visitantes pueden recorrer los puestos, dialogar con quienes producen y, sobre todo, probar sabores que cuentan historias de origen y resiliencia.
El eje central de esta edición está puesto en la cultura venezolana. No se trata solo de gastronomía, aunque la oferta culinaria es, sin dudas, uno de los grandes atractivos.
Hay tequeños recién fritos, arepas rellenas en múltiples versiones, pan de jamón, pan piñita y pan andino; también cachapas doradas, golfeados bañados en almíbar, patacones crujientes y licuados frutales que refrescan la tarde.
Los postres clásicos, como la torta tres leches o la torta de piña, conviven con alternativas dulces sin gluten ni azúcar, ampliando la propuesta para públicos diversos.
Detrás de cada preparación hay una historia. Muchos de los emprendedores que participan llegaron a la Argentina en los últimos años, en el marco de uno de los procesos migratorios más importantes de la región.
Según datos de organismos internacionales, millones de venezolanos salieron de su país en la última década, y una parte significativa eligió establecerse en ciudades como Buenos Aires.
En ese contexto, la Feria Migrante funciona como plataforma de inserción económica y como espacio simbólico de pertenencia.
Pero la propuesta no se agota en la comida. Los stands también exhiben artesanías tradicionales: estampados con motivos típicos, muñecas confeccionadas a mano y objetos decorativos que remiten a la identidad caribeña.
Cada pieza, explican los feriantes, busca mantener viva una tradición y, al mismo tiempo, adaptarla al mercado local.
La combinación de raíces y creatividad contemporánea es uno de los rasgos distintivos de la feria.
La organización destaca, además, la accesibilidad en los medios de pago. En todos los puestos se puede abonar con efectivo, tarjetas de crédito y débito, así como con medios electrónicos.
Esa modalidad no solo facilita la compra, sino que también formaliza la actividad de los emprendedores, permitiéndoles ampliar su clientela y proyectar crecimiento.
En un contexto económico desafiante, cada venta representa mucho más que una transacción: es un paso hacia la estabilidad.
El entorno de Parque Centenario aporta un marco ideal. Este pulmón verde de la Ciudad suele ser escenario de actividades culturales y recreativas, pero durante la Feria Migrante adquiere un tono particular.
Familias, jóvenes y adultos mayores recorren los puestos mientras suenan músicas caribeñas y latinoamericanas, generando una atmósfera festiva que rompe con la rutina urbana.
La posibilidad de suspenderse por lluvia es el único condicionante, aunque el entusiasmo no decae.
La interculturalidad, concepto que a veces parece abstracto, aquí se vuelve tangible.
Se expresa en el intercambio entre quien vende y quien compra, en la explicación de una receta, en la curiosidad por un producto desconocido.
También en el reconocimiento de que la diversidad no fragmenta, sino que enriquece.
La feria, en ese sentido, actúa como puente: conecta trayectorias migrantes con la comunidad local y promueve un diálogo que va más allá del consumo.
No es menor el impacto económico de estas iniciativas. Para muchos emprendedores, participar en la feria implica visibilidad, generación de ingresos y construcción de redes.
En tiempos en que el empleo formal resulta esquivo para numerosos migrantes, el autoempleo y la economía social se consolidan como alternativas concretas.
La Feria Migrante, al brindar un espacio organizado y respaldado, contribuye a esa dinámica.
El cierre de cada jornada, cerca de las 22, deja la sensación de haber recorrido varios países en apenas unas cuadras.
Más que un evento gastronómico o comercial, la feria se consolida como un símbolo de convivencia y de integración.
En una ciudad diversa como Buenos Aires, propuestas como esta no solo celebran las raíces de quienes llegaron desde lejos, sino que también invitan a repensar la identidad colectiva desde una mirada plural y abierta.
